Reflexión sobre la espera

La espera es una de las actividades más practicadas por el hombre moderno de todas partes del mundo.
Se esperan muchísimas cosas, constantemente. Esperamos que llegue un transporte público, esperamos que atiendan el teléfono al sonar, esperamos que nos llegue un papel, esperamos que termine el día, que termine la semana, que termine el año.
También esperamos que alguien nos diga que nos quiere, o esperamos un cambio o simplemente tener tal cosa o la otra.
...Quizá cuando alguna de estas cosas que esperamos ocurra, seamos por fin felices. Eso nos decimos.

Y esperar no es tan malo; es más, a veces tiene su premio, ¡pues llega lo que esperamos y nos alegramos sobremanera!. El problema viene siendo que descubriremos que seguimos sin ser felices, y que aun tenemos tanto que esperar...

Hace poco tiempo visité a un amigo de Noruega. Me contó cómo se vive allá: el estado provee a todos sus ciudadanos de cuanto necesitan. Ninguno sufre hambre o necesidad alguna, todos tienen casas de ensueño repletas de tecnología y adornos preciosos. Las familias son ejemplares y no existe la pobreza, la indigencia. La gente aquí, se podría decir, ya no tiene nada que esperar en cuanto a su condición material. Están provistos por completo.
Hasta aquí podría pensarse que son las personas más felices y plenas del mundo, pero no es así. Según mi amigo, todo es súmamente aburrido, la cantidad de suicidos es enorme y otros tantos se pierden en las drogas y el alcohol (ambas cosas también permitidas e incluso provistas por el estado a quien lo elija). Los que se salvan de todo esto son aquellos que se sumergen en el mundo de la tecnología y la distracción: video juegos, salidas nocturnas, etc.
Los noruegos, al igual que nosotros y la mayor porción del mundo, optan por seguir esperando.

Dado este ejemplo, podríamos descartar que por más estables que estemos en cuanto a lo económico y social, no hallaremos esa felicidad. Nos lo dicen los noruegos desde su experiencia y modo de vida.
_________________

Ocurre también que cada mañana, al empezar la jornada laboral, deseamos que por fin sea la hora de salir y estar de una vez sentado en el sillón mirando la TV. O, peor, estamos desde el miércoles aguardando por que sea viernes, y la mayor parte del año esperando por nuestras vacaciones. Y a veces somos bastante felices en vacaciones, pero... ¿y el resto del año? Luego miramos atrás en el tiempo y nos quejamos de lo rápido que pasaron los años. Nos olvidamos que eso era exactamente lo que deseábamos cada vez que las cosas se complicaban.

Esperamos también un reconocimiento, un cariño, un abrazo, un beso, un te quiero, un arrepentimiento, una disculpa...
...Sólo hay una cosa que hacer frente a todo esto: dejar de esperar.

Debemos dejar de pensar que obteniendo algo vamos a ser felices. Dejar de pensar que con cierto logro estaremos realizados. Dejar de esperar que un tiempo termine y empiece otro para empezarlo a disfrutar. Dejar de esperar que sea otro quien nos diga cuánto nos quiere.
La felicidad está aquí, ahora, ya, dentro de nosotros. Somos esclavos de nuestras propias ansiedades y miedos y debemos romper sus cadenas, ningún factor externo lo hará.
Debemos disfrutar cada momento, por duro que sea, hacerlo bello: Un trabajo, un grito, un enojo, una reprenda, una desilusión, nada debe afectarnos negativamente, tomemoslo como parte de un trabajo, algo que nos corresponde pero no nos compromete.
Tampoco esperemos nada del otro. Mas bien seamos nosotros los responsables del cambio. El amor es la antítesis del miedo y la ansiedad, y sólo alimentándolo y haciéndolo crecer podremos combatirlos.