Obsequiar siempre es una pequeña alegría para quien recibe el regalo. Por pequeño que sea, o por la ocasión que sea. Incluso es más disfrutable cuando no hay ocasión, cuando no se espera recibir nada. Entonces valoramos ese humilde presente como un gran gesto, y como algo que sabemos que podemos disfrutar.
¡Es importante que el gesto no se repita con tanta frecuencia! Sino se pierde ese encanto de no-esperar nada. De otro modo nos parecerá algo tan normal como saludar, y le restaremos importancia.
La propuesta esta vez, es reproducir este mismo gesto con nosotros mismos. Podemos empezar a obsequiarnos cosas: quizá cuando queremos hacer una mínima celebración por un pequeño o gran logro; por finalizar alguna tarea, algún proyecto; por haber sido gratos con alguien; porque alguien nos quiere; o simplemente sin aparente razón, porque estamos de buen ánimo.
Como dije antes, es importante que no se tome el hábito y por ende que no se le reste importancia. Nuestro obsequio puede ser algo que podamos reservar para una ocasión especial, o al menos asegurarnos que lo vamos a disfrutar con toda nuestra atención cuando llegue el momento de usarlo.
Los obsequios pueden ir desde algún utensilio, prenda o adorno de una tienda; una golosina; prepararnos una rica comida; sacarnos a pasear y demás...
Sea cual fuere nuestra elección, es también menester no depender de esos pequeños regalitos para estar sonrientes. Sino caeremos en el hábito de esperar a comprar algo para estar bien.